Gestionar las emociones no es algo que nos hayan enseñado. La mayoría hemos aprendido a aguantar, a tirar para adelante y a no darle demasiada importancia a lo que sentimos. El problema es que, cuando hacemos eso durante mucho tiempo, las emociones no desaparecen. Se acumulan.
Por eso muchas personas buscan cómo gestionar las emociones cuando sienten que algo les supera, que reaccionan de una forma que no les gusta o que viven con más desgaste emocional del necesario.
En este artículo vamos a hablar de cómo gestionar las emociones en la vida real, sin teorías complicadas y sin frases vacías, partiendo de algo muy sencillo: entender qué nos pasa por dentro antes de intentar cambiar nada.
No es lo que pasa, es cómo lo vivimos
Muchas veces ocurre algo y nos afecta más de lo que esperábamos. Le damos vueltas, nos incomoda, nos remueve. Entonces se lo contamos a alguien cercano y esa persona nos dice frases como “no te lo tomes así”, “no ha sido para tanto” o “le estás dando demasiada importancia”.
Al principio esas frases suelen molestarnos, porque sentimos que no nos entienden o que minimizan lo que sentimos. Pero si nos paramos un momento, hay algo importante ahí: esa persona no está viviendo la situación como nosotros.
No porque tenga razón y nosotros no, sino porque cada uno interpreta lo que pasa desde su propia forma de ver el mundo. Y cuando aceptamos eso, empezamos a darnos cuenta de algo clave para gestionar las emociones: lo que ocurre fuera puede ser lo mismo para todos, pero cómo nos afecta depende en gran parte de lo que pensamos sobre ello.
Gestionar las emociones no significa ir por la vida despreocupados o insensibles, sino aprender a elegir qué batallas emocionales merece la pena pelear y cuáles no.
La secuencia que explica por qué reaccionamos como reaccionamos
Para entender cómo gestionar las emociones, hay una secuencia muy sencilla que explica gran parte de lo que nos ocurre en el día a día.
Primero pasa algo. Después pensamos algo sobre eso que pasa. Ese pensamiento genera una emoción. Desde esa emoción actuamos. Y esa forma de actuar nos lleva a un resultado.
El problema es que muchas veces ni siquiera somos conscientes del pensamiento que hay debajo. Todo ocurre tan rápido que entramos en piloto automático, y cuando nos damos cuenta ya hemos reaccionado de una forma que no nos gusta.
Por eso no basta con decirnos “no debería sentirme así”. La emoción no aparece de la nada. Aparece como consecuencia de lo que estamos pensando.
Cuando gestionar las emociones empieza con una creencia
Muchas de esas formas de pensar no son pensamientos aislados, sino creencias que llevamos tiempo arrastrando.
Creencias como “si alguien actúa así conmigo es porque no le importo”, “si algo sale mal es culpa mía” o “si me dicen esto es porque me están atacando”.
Cuando creemos algo así, es normal que nos sintamos inseguros, tensos, enfadados o a la defensiva. Y cuando nos sentimos así, nos comportamos en consecuencia: nos cerramos, reaccionamos mal, evitamos la situación, atacamos o nos callamos.
¿Y qué solemos conseguir con ese comportamiento? Normalmente justo lo contrario de lo que queremos.
Aquí se ve claro el bucle: una creencia genera un pensamiento, ese pensamiento genera una emoción, la emoción condiciona nuestro comportamiento y ese comportamiento nos lleva a un resultado que suele reforzar la creencia inicial.
Las preguntas que te ayudan a entender qué te está pasando
Una forma muy práctica de empezar a gestionar las emociones es hacernos algunas preguntas cuando detectamos una creencia que nos limita.
Preguntarnos cómo nos sentimos cuando pensamos así, cómo nos comportamos cuando nos sentimos de esa manera y qué resultado estamos obteniendo con ese comportamiento nos pone delante un espejo muy claro.
No para juzgarnos, sino para entender qué está pasando realmente.
Cómo darle la vuelta al proceso para gestionar mejor las emociones
En lugar de empezar por lo que creemos, muchas veces es más útil empezar por el final.
Preguntarnos qué resultado nos gustaría conseguir en esa situación concreta. A partir de ahí, pensar cómo tendríamos que comportarnos para acercarnos a ese resultado. Después preguntarnos qué necesitaríamos sentir para comportarnos de esa manera.
Y solo entonces llegar a la pregunta clave: qué necesitaríamos creer o pensar para poder sentirnos así.
Esto no va de engañarnos ni de forzarnos a pensar en positivo. Va de elegir una forma de pensar que nos ayude en lugar de perjudicarnos, especialmente en situaciones en las que ya sabemos que reaccionar como siempre nos lleva a resultados que no queremos.
Gestionar las emociones también es elegir las batallas
Gestionar las emociones no significa que todo nos dé igual ni pasar por encima de lo que sentimos. Significa entender que no todas las situaciones merecen el mismo desgaste emocional.
Cuando empezamos a darnos cuenta de cómo pensamos, de qué creemos y de cómo eso nos afecta, empezamos a elegir mejor en qué batallas nos metemos y en cuáles no.
Y eso marca una diferencia enorme en la vida real: en la familia, en el trabajo, en las relaciones y, sobre todo, en cómo nos sentimos con nosotros mismos.
Intentar pelear todas las batallas suele acabar en lo mismo: mucho desgaste y pocos resultados.
Cómo gestionar las emociones sin cambiar quién eres
Al final, aprender cómo gestionar las emociones no va de controlarlas ni de convertirnos en otra persona. Va de relacionarnos mejor con lo que pensamos y con lo que creemos.
Porque cuando cambia eso, cambia cómo nos sentimos, cambia cómo actuamos y, poco a poco, cambian los resultados que obtenemos.
No se trata de cambiarnos, sino de entendernos mejor para vivir la vida con menos desgaste emocional.
Y eso, en el día a día, se nota mucho más de lo que parece.